Resulta curioso el uso que solemos hacer de ciertas referencias a la hora de identificar a una persona. Pero ya me parece preocupante que en este país nuestro tan democrático, posmoderno y cachondo sobrevivan como datos identificativos los que aluden a la condición sexual de alguien, por el simple hecho de que, ese alguien, sea homosexual. Máxime cuando pisamos un territorio que, tras treinta y tantos años de renovados aires, debería de estar bastante más oreado.
Como anécdota tangencial, sólo he conocido a un gilipollas que, a mayor gloria suya, alardeaba sin complejos de ser heterosexual puro. Desde luego, a un machote yo no le discuto su tronío que, a quien Dios se la dé, ya se sabe. Pero parece haber más de un ejemplar de estos en nuestra pintoresca fauna peninsular, porque no es nada raro escuchar por ahí frases del tipo: «¡No jodas, que no sabías que fulanito es maricón!»; o que «zutana sigue soltera, porque la tía es bollera.» De modo que, visto el panorama, a veces me tienta la idea de desdibujar a mi manera esta ramplona usanza. Verbi gratia, recuerdo cómo hace un tiempo tomaba una caña de cerveza con un par de, digamos, amigotes, que acababan de criticar la indumentaria de un presunto gay, cuando comencé a narrarles uno de mis mejores ratos del anterior verano: aquél en el que comí en el Peixerot, en Vilanova i la Geltrú, «con mi amigo Pere, que es heterosexual —les dije—, y nos festejamos con un arroz con bogavante que estaba extraordinario.» Por sus caras, vi inmediatamente que el crustáceo, tan emperador de mi delicia, pasaba a un inmerecido segundo plano y que lo que les distrajo eficazmente fue mi alusión a la condición sexual del Pere. Yo seguía explicando el culinario aderezo del plato... cuando uno de ellos arrugó la nariz y, con una mueca de perplejidad semejante a la que exhibiría quien oye que han conseguido que un mono redacte, me soltó a bocajarro:
—Perdona, pero ¿has dicho... que es heterosexual?
—Pues claro —afirmé tajante—: ¡Es que lo es!
Y volví al rico arroz, mientras se arqueaban ante mí dos pares de cejas pasmadas, persuadido de que cederé a la tentación de repetir en parecidos términos la jugada, cada vez que se me presente la ocasión de echar el anzuelo a mis más machotes... y merluzos camaradas.
Como anécdota tangencial, sólo he conocido a un gilipollas que, a mayor gloria suya, alardeaba sin complejos de ser heterosexual puro. Desde luego, a un machote yo no le discuto su tronío que, a quien Dios se la dé, ya se sabe. Pero parece haber más de un ejemplar de estos en nuestra pintoresca fauna peninsular, porque no es nada raro escuchar por ahí frases del tipo: «¡No jodas, que no sabías que fulanito es maricón!»; o que «zutana sigue soltera, porque la tía es bollera.» De modo que, visto el panorama, a veces me tienta la idea de desdibujar a mi manera esta ramplona usanza. Verbi gratia, recuerdo cómo hace un tiempo tomaba una caña de cerveza con un par de, digamos, amigotes, que acababan de criticar la indumentaria de un presunto gay, cuando comencé a narrarles uno de mis mejores ratos del anterior verano: aquél en el que comí en el Peixerot, en Vilanova i la Geltrú, «con mi amigo Pere, que es heterosexual —les dije—, y nos festejamos con un arroz con bogavante que estaba extraordinario.» Por sus caras, vi inmediatamente que el crustáceo, tan emperador de mi delicia, pasaba a un inmerecido segundo plano y que lo que les distrajo eficazmente fue mi alusión a la condición sexual del Pere. Yo seguía explicando el culinario aderezo del plato... cuando uno de ellos arrugó la nariz y, con una mueca de perplejidad semejante a la que exhibiría quien oye que han conseguido que un mono redacte, me soltó a bocajarro:
—Perdona, pero ¿has dicho... que es heterosexual?
—Pues claro —afirmé tajante—: ¡Es que lo es!
Y volví al rico arroz, mientras se arqueaban ante mí dos pares de cejas pasmadas, persuadido de que cederé a la tentación de repetir en parecidos términos la jugada, cada vez que se me presente la ocasión de echar el anzuelo a mis más machotes... y merluzos camaradas.




















