15 noviembre, 2009

ARROZ CON BOGAVANTE

Nadando - Eakins

Resulta curioso el uso que solemos hacer de ciertas referencias a la hora de identificar a una persona. Pero ya me parece preocupante que en este país nuestro tan democrático, posmoderno y cachondo sobrevivan como datos identificativos los que aluden a la condición sexual de alguien, por el simple hecho de que, ese alguien, sea homosexual. Máxime cuando pisamos un territorio que, tras treinta y tantos años de renovados aires, debería de estar bastante más oreado.
Como anécdota tangencial, sólo he conocido a un gilipollas que, a mayor gloria suya, alardeaba sin complejos de ser heterosexual puro. Desde luego, a un machote yo no le discuto su tronío que, a quien Dios se la dé, ya se sabe. Pero parece haber más de un ejemplar de estos en nuestra pintoresca fauna peninsular, porque no es nada raro escuchar por ahí frases del tipo: «¡No jodas, que no sabías que fulanito es maricón!»; o que «zutana sigue soltera, porque la tía es bollera.» De modo que, visto el panorama, a veces me tienta la idea de desdibujar a mi manera esta ramplona usanza. Verbi gratia, recuerdo cómo hace un tiempo tomaba una caña de cerveza con un par de, digamos, amigotes, que acababan de criticar la indumentaria de un presunto gay, cuando comencé a narrarles uno de mis mejores ratos del anterior verano: aquél en el que comí en el Peixerot, en Vilanova i la Geltrú, «con mi amigo Pere, que es heterosexual —les dije—, y nos festejamos con un arroz con bogavante que estaba extraordinario.» Por sus caras, vi inmediatamente que el crustáceo, tan emperador de mi delicia, pasaba a un inmerecido segundo plano y que lo que les distrajo eficazmente fue mi alusión a la condición sexual del Pere. Yo seguía explicando el culinario aderezo del plato... cuando uno de ellos arrugó
la nariz y, con una mueca de perplejidad semejante a la que exhibiría quien oye que han conseguido que un mono redacte, me soltó a bocajarro:
—Perdona, pero ¿has dicho... que es heterosexual?
—Pues claro —afirmé tajante—: ¡Es que lo es!
Y volví al rico arroz, mientras se arqueaban ante mí dos pares de cejas pasmadas, persuadido de que cederé a la tentación de repetir en parecidos términos la jugada, cada vez que se me presente la ocasión de echar el anzuelo a mis más machotes... y merluzos camaradas.

08 noviembre, 2009

HASTA EL MAR


Idilio en el mar - Sorolla

Me embarqué en la desesperada aventura de escribirte, Miralles, como un acto de insolencia contra la verdad. Asumí seguir siendo quien soy, por ti y para ti, a través de mis cartas; aquél a quien hace años conociste, un ser inquieto que lucha por mantenerse despierto, a duras penas entero, en medio de tanta fluctuación. Te dediqué la muestra más enternecida de la pirotecnia verbal con la que me defiendo del mundo, de la que me valgo para mantenerme en pie. Y te quise soñar amorosamente, como a una bella durmiente, y te busqué donde no estabas, mientras mis ojos batían su mirada entre miles de seres atrapados por la prisa, interesados únicamente en sí mismos, encarcelados en su propio pensamiento... Me perdí entre toda esa gente amurallada que no pudo conocerte y no sabe nada de ti, que jamás intuirá siquiera al ser libre que eres, Miralles. ¡Qué triste...! Sé que cada quien es dueño de fabricar las verdades y mentiras que edifican su existencia, pero dudo que haya quien consiga experimentar algo que no sea vulnerabilidad y desasosiego construyéndose desde la reclusión. Porque percibir cuanto existe, que es tanto, exige asomarse al mundo exterior, abandonar ese enclaustramiento condicionado por nuestra rígida manera de entender el mundo y la vida, de concebirlos. ¡Ah, la vida...! Hemingway solía decir que en la vida uno debe jugar las cartas que le han dado. Y, después de todo, pienso que él, al menos, tuvo la oportunidad de hacerlo; incluso la de decidir cuándo abandonar la partida...
Pero también te busqué entre otros muchos, a quienes he osado hablar de ti, de lo que eres y representas para mí, Miralles. A esa gente que se pasea junto a mi alféizar, como quien aparece por casa, y me lee y cincela a través de los riachuelos de palabras que improvisan mis desvelos y goces, mis obsesiones y mis lágrimas, a ellos y ellas, a quienes todo debo, cuando te buscaba, lo hice: les hablé de ti.
Tal vez llevo demasiado tiempo aparentando estar cuerdo; tanto tiempo que termino por creer que realmente ya no es sólo mi pundonor, que hay una estructura que me sostiene erguido, como a un viejo y fatigado guerrero su armadura. Y ahora, mientras escribo estas líneas, supongo que inevitablemente siempre ha sido y será así: que mantener el equilibrio es una agotadora tarea vital, propia de locos, y que la locura y la razón están separadas por un hilo tan frágil como el que limita a la vida con todo cuanto la niega. Esto es algo que ambos supimos un día, casi a la vez, y nada se nos hizo tan bruscamente real; nada, salvo la terrible e ineludible certeza de que, tú definitivamente, jamás envejecerás... De que lo haré yo solo.

Anteayer contemplaba embelesado el minúsculo vértice de tierra en que el Maine encuentra al Loira y comienza a formar parte de su inmenso y bellísimo curso. Me pareció grandioso el paisaje eternamente cambiante que mi mirada registraba incansable en la quietud del otoño afianzado en una paz ocre y gris... Y me gustó repensar el viejo tópico de que nuestras vidas son como esos cauces que, inmemoriales, se fundieron para compartir el destino irrevocable que habría de conducirlos hasta el mar. Sí, queridísima Miralles, sé que en él nos veremos: en ese mismo mar en el que, un día lejanísimo e imposible, algo que no hemos sido capaces de imaginar osó crearnos. Espérame entretanto, mientras yo sigo mi curso, por favor. Mis ojos reclaman tu eterna sonrisa Miralles... Y quiero que sepas que cuando los cierro consiguen verte, aún plenos de esta luz meridiana que retiene su ardida memoria, atrapada en la belleza fluvial de las acuarelas angevinas.

01 noviembre, 2009

EL CURSO DE TODAS LAS COSAS - Hesse

Niño - Maleki

«Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad. Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aún más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.»

Demian, Hermann Hesse.

25 octubre, 2009

CIEGO Y MUDO

El vértigo del eros - Matta

He codiciado acercarme hasta ti, por más que te presintiera intacta y lejana como un lucero. Más allá del misterio que envuelve esta noche, he intentado rescatar tu imagen de diosa griega, colmada de sensuales y vaporosas armonías. Te he querido respirar, como se inhala la esencia espirituosa de una copa de malvasía. Tal como la tierra seca y cuarteada implora una nube cargada de promisorios augurios, yo febrilmente te he deseado en silencio. He ansiado allegarme a tu lado, a pesar de las tinieblas, para sentir que existes, para saberte viva, acuciado por la necesidad de retener el frágil bramante que me une a ti, mi amor, mi más bello sueño...
Pero he vuelto sobre mis pasos, sin atreverme siquiera a mirarte... porque tus ojos me dejan ciego, me dejan mudo tus labios.

18 octubre, 2009

SILENCIO DE OCTUBRE

Cercle doré - Cuixart

Hay silencio, sobre todo silencio. Y un sol tibio que me acaricia la cara y me lleva a entrecerrar los ojos según escribo. Esto es en octubre, en un octubre ya mediado y fresco, de manso viento norte. Esto es en la hora meridiana de un día de asueto; esto es en Laredo, donde estoy, el lugar al que indisociablemente están ligados los veranos de mi primera juventud. Cuando se es joven, se es para toda la vida... Bien dijo Picasso. Para mí, una cuestión de fondo y de forma, lo de ser joven, lo de estarlo; sobre todo, una cuestión de actitud. El modo en que..., esta es la clave. Por eso, ahora que inicio la década de los cincuenta, no me siento mayor; en realidad, no más de lo que soy.
Este sol y este paisaje me retrotraen a mí mismo en pretérito, con dieciséis, diecisiete años: tostado a rabiar, con un Levi’s ajustado a las piernas, cada año estrenado en un sagrado baño de mar que tenía algo de iniciática liturgia, las John Schmidt blancas, el imperecedero Lacoste. También aquellos eran tiempos de marcas y las marcas nos definían; es decir, nos limitaban. Luego las marcas pasaron a otro plano y fueron más entrañadas, más morales: de activismo y compromiso social, de rebeldía contra la mitología militar, contra aquel orden establecido... Lo justo, lo necesario.
Hoy, varios lustros después, mis marcas son otras. No es que uno esté de vuelta de nada (felizmente hago algunos caminos de ida), pero ese uno, más allá de su razonable coquetería, ya no se juega gran cosa por una apariencia, del mismo modo en que le ha perdido la fe a la universalmente joven idea de cambiar el mundo. Suficiente con que el mundo no le cambie a uno. Y es que sucede que ese uno que soy ahora se integra sencillamente porque es, no porque lleva o tiene o ha hecho o predica; y ya está. Se es joven en este momento de otro modo: más sereno, más entero, menos vistoso... y más mayor. Uno explora sensorial e intuitivamente la vida, procura abrirse a la contemplación y camina pertrechado de un ramillete de principios y de convicciones que le dan un cierto aire anacrónico y atemporal. Uno, o sea yo, deseando vivir el momento, el aquí y ahora, y apurarlo en su plenitud... Tal y como apuro este mismo instante que pretendo perdurar en el papel, en esta terraza al sol de octubre que me frunce ligeramente el ceño y entrecierra los ojos de tanta luz, mientras a mi alrededor hay silencio, sobre todo mucho silencio.
Y lo intento disfrutar como si fuera el último. El último sol, el último octubre, el último paisaje... Como si fuera el último silencio.

11 octubre, 2009

MANUEL Y ROSA

La tempestad - Kokoschka

Eyaculó dentro de Rosa y se sintió nuevamente insatisfecho. Insatisfecho y mal; tanto que necesitó decírselo. No deseaba que ella se sintiera culpable, porque sabía que no es en términos de culpa como se resuelve la ecuación sexo-amor. Ambos eran responsables. Habían hablado del deseo en alguna ocasión; la última vez, ella le dijo: «No entiendo por qué le das tantas vueltas a todo...», y Manuel se sintió extrañamente solo. La idea de que el deseo era una pesada carga sin la que agradecería vivir, frecuentaba su pensamiento; era un producto de la relación que había ido entretejiendo con su mujer.
«Nunca hablamos de esto», le dijo. «Nuestra vida sexual es anodina y pobre... Quizá influyera mi torpeza inicial al demandarte las cosas, la actitud que me secuestraba hace años, cuando tenía más revuelta la sangre... No sé.»
Manuel siempre sostuvo que el sexo no era demasiado importante, pero cambió de opinión, a su pesar, en la medida en que le fue faltando. Para él, el sexo evidenciaba el amor, un amor que veía languidecer cada vez que Rosa mostraba su desapego.
«Lo nuestro es una representación insípida y apagada. Después de hacerlo, con frecuencia me siento triste... Son contados los momentos en los que hemos disfrutado dedicándonos afecto y tiempo, mimándonos con devoción.»
¡Devoción!, había dicho. Lo cierto es que Rosa nunca mostró mayor interés por conocer su cuerpo; la veía pasiva y contenida, cada vez más ausente. Cuando la quería guiar, ella se sentía discutida como amante y mostraba su enojo. Y, cada vez más inseguro, Manuel ensayaba torpes aproximaciones, derrotado de antemano, por no poder estar a la altura de sí mismo. Le dijo:
«Parece que creas que eyacular es un buen final, el mejor posible. Te empeñas en acabar cuanto antes... Y, de verdad, no sé qué tiene que ver esto con hacer el amor.»
Practicaban el sexo cuando ella lo consentía; siempre fue así. Hasta el punto de que Manuel se sentía ridículo, un idiota en permanente estado de disponibilidad. Era humillante. Por eso, hacer frente al deseo le resultaba fastidioso: Era una servidumbre que no podía gestionar sin el concurso de su mujer. Así, desear no le llevaba a saberse más vivo, sino más limitado... Y sus limitaciones nada tenían que ver con la aceptación de la monogamia. No, no se trataba de esto. Él sabía que sin el deseo se las podría apañar perfectamente en la vida y ser más auténtico: él, quien realmente era, y no el tipo mustio en que se estaba convirtiendo. Manuel se sentía vencido, doblegado por el desencanto.
«Tal vez de todo esto debimos haber hablado hace muchos años, cuando nació Carlos y absorbió nuestro tiempo; cuando nos invadió el trabajo, la rutina; antes de que aparecieran los reproches... Pero creo que aún estamos a tiempo», le dijo Manuel.
Rosa se giró levemente hacia él, le dio una leve palmada en el hombro y bostezó: «Venga, intenta dormir y no te atormentes, ¿vale? No entiendo por qué le das tantas vueltas a todo», fue lo que le dijo, antes de hundirse nuevamente en el vientre de su almohada.

04 octubre, 2009

TOCO TU BOCA - Cortázar

Mujer durmiendo - Lempicka

«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad, elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.»

De Rayuela.

27 septiembre, 2009

PASARON LAS FIESTAS

Toros - Benjamín Palencia

Pasó ya el verano, tramitado con esa urgencia de quebrar rutinas tan propia de las vacaciones, y tampoco este año he estado en ninguna fiesta popular, pese a haber tenido unas cuantas a tiro de piedra. No siendo uno religioso ni gregario, malamente consigue ubicarse en las jaranas de cualquier lugar y, ante tal perspectiva, sencillamente las evita. Las fiestas, esa cosa del jolgorio tumultuoso y programado.
El mes de Augusto se lleva la palma en motines, saraos y verbenas, y la vieja Celtiberia se engalana y salpica de banderitas y guirnaldas, de liturgias y celebraciones. Entre éstas últimas, la más sagrada (que me perdonen las Vírgenes de agosto) es precisamente la que más me revienta: la de los toros. Semejante escenificación me inflama, me saca de quicio... Pero sortearé la tentación de pergeñar un panfleto sobre esa detestable exaltación de la tortura que es la Fiesta Nacional, que no me gustaría desencajarme. Qué triste, comprobar cómo se consagra tan vergonzoso espectáculo en las páginas centrales de casi todos los programas de fiestas. Me repatea intuir que muchos de quienes se escandalizan viendo en la tele cómo un perro es cruelmente apaleado por su dueño, y apartan la mirada, luego son capaces de aplaudir y vitorear en los ruedos el lento, sádico y atroz sacrificio del toro. Conmovedor.
Así es que, aunque eso del jolgorio (que de holgar viene) tanto me gusta, poco me habrán visto en festejos. Debo reconocer que las fiestas son mucho más que espectáculos taurinos y que también se suele aderezar la juerga con festivales, conciertos, teatros y otros recreos. Pero casi prefiero usar de todo esto en mejores fechas, cuando todo es menos bullicioso y, al no haber cerca arenas ensangrentadas, no he de plantearme cuánto del presupuesto de gastos del municipio en fiestas se dedica a eventos que tanto me disgustan, apenan y avergüenzan.

20 septiembre, 2009

PINCELADAS

Lavabo y espejo - Antonio López


INTRANSFERIBLE
El sentido de la intimidad no reside
en lo que uno confiesa haber vivido,
sino justamente en el hecho de que, aunque lo confiese,
sólo uno pudo vivirlo.


CRITERIOS
Llamamos opinión pública a la ignorancia de la comunidad
previamente maquillada por los sondeos y la estadística.


UN ARCHIVO COMPRIMIDO
El arte es esa mínima expresión de nuestra fantasía,
que hemos conseguido enjaular para mostrar al mundo.


RETRO
El integrismo es la retórica de los imbéciles.


SIN PUDORES
Frecuentemente caigo en la cuenta de que tengo que cambiar,
para seguir siendo yo mismo.


PARADOJA
En el fondo, amar tal vez sea una cuestión de forma.


RELACIÓN ESPECULAR
Si ya un día dije que siento la necesidad de escribir
cada vez que el alma me pide a gritos un espejo,
no debería descuidar tanto lo que digo
que no llegara a reconocerme cuando me miro.


TIEMPOS
Sólo existe el presente...
Y es infinito.

13 septiembre, 2009

NANOU

El puente - Pablo Labrado

Nanou apaga el despertador, lentamente se despereza, abre el grifo, llena la cafetera de agua, la pone en marcha. Luego toma una ducha y regresa a la estancia abuhardillada que, junto al pequeño cuarto de baño, conforma su vivienda de alquiler. Mientras se viste, siente en su nuca la caricia tibia del primer sol de la mañana, que le llega a través del tragaluz. Canturrea una canción, cuando sacude y extiende la colcha, cubriendo un poco la cama. Luego desayuna una tostada de pan con mantequilla y mermelada de arándanos, toma a sorbos el café, y se lía un cigarrillo que guarda cuidadosamente para fumar unos minutos antes de entrar a su primera clase. Carga la mochila en su espalda, se coloca los auriculares del mp3, dejando que le inunde la música, según cierra con llave la puerta, y baja a buen paso los tres pisos de escaleras de caracol que le separan de la calle. Ya no se marea con tanta vuelta, como le sucedía al principio, los primeros días.
Una vez en la acera, coge su bicicleta, que suele encadenar a una farola junto al portal, y toma el carril de la Rue du Beaurepaire hacia el casco antiguo, donde bordeará la Catedral, camino de la facultad. Qu’est-ce qu’il fait beau!, se dice. Hace un día estupendo. Apenas lleva un par de semanas en su nueva ciudad, poco a poco la va descubriendo, y septiembre le parece sencillamente espléndido para respirarla, para transitar por ella. Nanou sonríe mientras pedalea: Sabe que hoy coincidirá en su clase de economía social con Carlos, un erasmus español, de Sevilla, con quien ha charlado ya en dos ocasiones en el bar de la universidad, con un café por medio. Se entienden bastante bien en francés. Carlos es un chico agradable, le gusta, y, sin ser presuntuosa, cree que él también se siente atraído por ella. Un poco por todo, Nanou está radiante, como el día. La música en sus oídos, el sol colando filamentos de luz por entre las hojas amarillentas de los plátanos, el frescor de la mañana... Algo fluye repentinamente en su interior; una ola, una corriente que nace en su vientre, le atraviesa el pecho y recubre sus hombros. Hace mucho tiempo que no se había sentido invadida por una sensación tan intensa, tan plena... ¿Acaso la vida no es un precioso regalo? Llena sus pulmones con una profunda bocanada de aire puro y se permite soltar un pequeño grito de alegría, cuando gira para cruzar el río sobre el puente de Verdun, engalanado por multitud de tiestos con flores de colores. Como un destello de luz, toda la energía de Nanou termina fundiéndose en el paisaje, mientras ella aviva el pedaleo, se adentra en el corazón gris de la ciudad vieja... y en su mp3 ahora suena fuerte y potente el I’ll be there for you, de los Rembrandts.

(Pour Anne-Laure G.)

06 septiembre, 2009

ESTUVE CON MARTA

Los Clark - Hockney

Un buen amigo mío sostiene que en los diez primeros minutos que compartes con alguien a quien acabas de conocer se establece la futura relación que con él o ella vas a tener. Cosa de química, al parecer. Pues bueno, si así fuera, una de las personas con quien, para bien, tuve esa suerte de temprana revelación fue con Marta.
Conocí a Marta hace cuatro años y, si bien nuestros contactos son esporádicos, siempre ha habido una sensación compartida de que existe sobrada sintonía como para que el tiempo en que nos vemos se agote en un santiamén y nos queden pendientes muchos ratos de charla. Conectamos pronto, casi en aquellos primeros diez minutos, y eso le da una consideración especial a nuestras citas.
Hace poco quedé con ella. Tomamos un par de vinos en la calle Dato, hacía un calor infernal. No llevábamos media hora poniéndonos al día, cuando ya estábamos envueltos en una conversación sobre las biografías emocionales de cada quién. Hablábamos de relaciones pretéritas, de asuntos de pareja, de amigos recién separados o en la cuerda floja, de la manera de cerrar capítulos, de entender, de aceptar, de ser perdonados y de perdonar...
—Dado el caso, no se trata sólo de entender lo que pudo pasar. Salvo que uno sea un zoquete, entender es relativamente sencillo. Lo difícil suele ser aceptar —le decía yo.
—Vivir con ello, sin que te moleste.
—Y perdonar... aunque la palabra perdón tiene unas connotaciones muy especiales en nuestra cultura...
—Sin embargo, perdonar supone una increíble liberación —dijo ella entonces.
—Vaya —reconocí—; es una perspectiva muy interesante: Parece que se libera de una carga quien es perdonado... Sin embargo, también lo hace el que perdona.
—Más, incluso.
—Es posible.
Nuestra conversación derivaría por otros derroteros y así se nos hizo de noche. La acompañé hasta su portal, nos despedimos y regresé a casa en mi bici, por entre las hileras de enormes plátanos de La Senda.
Tras haber hablado con Marta, escribí un par de notas. Ahora que las completo, intuyo que perdonar es más necesario de lo que pensaba. Porque perdonar nos reconcilia con el otro, restablece nuestro ánimo, nos engrandece sin estériles humillaciones. Permite liberarse de cuanto se ha soportado, para continuar, para seguir adelante. Curiosamente este acto de buena voluntad resulta sanador. El perdón de convierte en una especie de secreto regalo que hacemos a quien nos ha ofendido y que, paradójicamente, recibimos también nosotros, en forma de beneficio emocional y terapéutico. Un beneficio que sana a quien perdona...
Gracias, Marta; nuevamente me encantó sentir esa química al estar contigo.

02 agosto, 2009

MI VIEJA POLAROID

Lido - Beckman

Apuro los últimos días, antes de recoger bártulos y dar carpetazo a la rutina laboral para coger vacaciones. Necesito librarme de un cierto cansancio, de esta relativa atonía. El caso es esfumarme... ¡yiap!, como si tal ratoncillo; salir, Miralles, viajar siquiera unos días... Revivo mientras tanto esos ratos de charla y cerveza con Pere, ociosamente dilatados, disfrutados con una morosidad consentida, la mirada flotando siempre en la misma dirección, la única posible: la que lleva al mar... Escenas perduradas en nuestros encuentros, cada vez que verano tras verano hemos departido y reído, y nos hemos reconocido calladamente alguna nueva pata de gallo en los ojos que sonríen, el inexorable tránsito del tiempo que el bronceado sabiamente matiza. Pienso en Pere, pienso en Carlos y en Esteban... También en Txema. Pienso en mis amigos. Pienso en Laredo y Torredembarra, mis lugares estivales y mis mares. Días de agosto, días de holgar...
O sea que ya casi me pongo a organizar las cosas, a dejarlo todo dispuesto para el viaje que haré en unos días, esta vez hacia el norte. Y, pensando en todo esto, me viene caprichosamente a la cabeza aquella foto que una tarde de verano le pedí que nos sacara a un guiri, con mi vieja polaroid, en la que está Pere con su mejor y más franca sonrisa, mirando a la cámara, muy firme, echándote un brazo por encima del hombro. Eso, porque tú estabas en medio de los dos (tras nosotros el mar), muriéndote de risa, no sé por qué. Sí: porque yo había soltado un chiste malo que te hizo insospechada gracia. Luego dije: “Venga, digamos guiri, guiri, guiri...” Y, como no parabas de reír, te quise propinar un caderazo de lado y saltó un inoportuno ¡clic!, o sea el guiri, o sea la foto. ¡Joder, qué mala pata! Le digo cenquiu soumach al tío, tomo la cámara, vemos revelarse la foto al instante... y estáis los dos genial. Yo, en cambio, parezco un tronchado convulso y descalabrado, girando desordenadamente el cuerpo hacia ti. Para más inri, con los ojos cerrados. “¡Maldita sea: Hay que sacar otra!, suelto. “De eso nada, monada. Así te quedas, para la posteridad”, me replicas con una determinación que tiene algo de burlona coquetería. Ahora encima os reís más... y yo también, felizmente contagiado. ¿Te acuerdas? Aquello sucedió hace ya unos cuantos años, ¿verdad? No lo sé precisar. O tal vez no... ¿Miralles? ¡Ah, sí...! Decía Mark Twain que, de pequeño, podía recordarlo todo, hubiera sucedido o no. Y a mí también me pasa todavía; te lo confieso. Es curioso... Por un momento he pensado que quizá esa vieja polaroid sólo ha existido en mi voluntad de verte, de tenerte en mi álbum de fotografías y recuerdos, entre los míos. Tal vez toda esta ilusión la han previsto las arcanas y caprichosas conexiones sinápticas que se entrecruzan afanosas en mi cerebro, instigándome a recortar la inverosímil distancia que nos separa... Mientras consiento que te fugues de mis sueños, para hacerte más presente que nunca, para volverte real. Por eso, sí, ahora ya te veo. Como diga o como sea, antes de preparar la maleta buscaré esa foto. La tengo que encontrar, sí sí, porque he decidido llevarla siempre en mis viajes, conmigo, junto al cuadrito de mis hijas en Túnez, que ya forma parte invariable de mi equipaje. Te llevaré junto a los míos, Miralles, en mis recuerdos... y seguiré dando fe del amor que te profeso en esta suerte de literatura que, como apunta Salvador Pániker, tal vez no sea sino una determinada forma de organizar las palabras, pero que, en lo que nos concierne, es la mejor manera que he encontrado de emitir mis señales, de reinventarme para ti, de mantenerte increíblemente plena aquí (¡ven, venga!), siempre a mi lado.

26 julio, 2009

ORDEN Y PERSPECTIVA

El taller - Pérez Villalta

Para vivir con relativo equilibrio, parece conveniente mantener un cierto orden; y también una cierta perspectiva. Orden interior, perspectiva vital. Orden derivado del hecho de contemplar más que analizar, de escuchar más que hablar; de observar y percibir a través de los sentidos, de calibrar... para ser consciente de la realidad y luego hacer y así transformarla. Perspectiva derivada del encomio de proyectar más que recordar, de perdonar más que culpar, de eliminar del propio guión de vida los reproches; de sentir, pensar... y también luego hacer y transformar.

Cuando pienso en situarme, organizo mi entorno de un modo sencillo para acomodarme, para saberme a gusto en él, y preparo algún pequeño plan. Atiendo las demandas de mi ilusión y obsequio a ésta con varios propósitos. Es entonces cuando me digo a mí mismo que la satisfacción comienza con el esfuerzo, pues uno termina por sentirse mejor en la medida en que decide hacer algo... y, cuando menos, lo intenta.

19 julio, 2009

DICCIONARIO DEL DIABLO - Bierce


La noche - Beckmann

Amistad: Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.
Cínico: Miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser. Los escitas acostumbran a arrancar los ojos a los cínicos para mejorarles la visión.
Elocuencia: Arte oral de persuadir a los tontos de que lo blanco es blanco. Incluye el don de hacerles creer que cualquier otro color es también blanco.
Espalda: Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.
Emoción: Enfermedad postrante causada por el ascenso del corazón a la cabeza. Ocasionalmente viene acompañada de una copiosa descarga de cloruro sódico disuelto en agua, proveniente de los ojos.
Humildad: Paciencia inusitada para planear una venganza que valga la pena.
Loco: Dícese de quien está afectado de un alto nivel de independencia intelectual; del que no se conforma a las normas del pensamiento, lenguaje y acción que los conformantes han establecido observándose a sí mismos; del que no está de acuerdo con la mayoría; en suma, de todo lo que es inusitado. Vale la pena señalar que una persona es declarada loca por funcionarios carentes de pruebas de su propia cordura...
Matrimonio: Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.
Optimismo: Doctrina o creencia que sostiene que todo es hermoso, incluyendo lo que es feo, que todo es bueno, especialmente lo malo, y que es correcto lo que no lo es. Es defendida con gran tenacidad por aquellos más que acostumbrados a vivir en la adversidad, y que encuentran muy aceptable exponerla con una mueca que simula una sonrisa. Al ser una fe ciega, es inmune a la luz de la refutación. Dada su naturaleza intelectual, no existe otra cura que la muerte. Es hereditaria, pero afortunadamente no contagiosa.
Patriotismo: Basura combustible adherida a la antorcha de cualquiera que quiera iluminar su propio nombre. En el famoso diccionario del Dr. Johnson, el patriotismo es definido como el último recurso de un granuja. Con el debido respeto a un lexicógrafo tan iluminado, aunque inferior, me atrevo a afirmar que es el primero.
El Diccionario del Diablo es obra del escritor norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914).

12 julio, 2009

BESOS

El beso robado - Fragonnard

Besos, besos y más besos... ¡Qué decir de los besos! Creo que uno se consume y se colma en cada beso que vive, que lo hace eterno y a la vez lo agota. Que lo gana y lo pierde, lo roba y lo restituye; que rara vez lo invierte. Besos que se desvanecen en un ámbito de aliento, piel, tiernos labios y saliva, para retornar estremecidos de anhelo, inéditos como recién nacidos, corolas que tremolan tal que si se abrieran por primera vez y, sin embargo desde siempre y para siempre... Sé que los besos tienen su propia memoria y, a la par, su afán de extravío. Besos que nos redimen de nuestra condición de almas esteparias. Besos sublimes, ingenuos, tibios, nerviosos; besos sustraídos en un descuido; besos rotos, delirantes, mudos, leves y apresurados; besos de fresas, granadas y cerezas, besos cárdenos, dulces como la malvasía...
Tengo por cierto que cada beso es único e irrepetible, como una nube pasajera en ese cielo terso y bienhechor que abriga a los amantes. Para mí, que uno reinventa su pasión cada vez que besa a quien desea. Y que, en la liturgia del beso, tanto da una mejilla, esa mano, la nuca o un pecho, siempre que los labios suelden su entrega, con la deliberada disposición de una entrañada ternura. Besos, besos y más besos...
Bécquer desliza sabiamente su pluma cuando escribe aquello de: por una mirada, un mundo; por una sonrisa, un cielo: por un beso... yo no sé qué te diera por un beso.

05 julio, 2009

PELIGROSA ALTERIDAD - Er Tato

Volando - Iturria

Llovía fuera y yo sin paraguas. Era la excusa perfecta. Desde que llegué a aquel sanatorio mental, siempre había deseado corretear desnudo bajo la lluvia por sus hermosos jardines, chapotear en los charcos para mojarme desde abajo, pasar desapercibido entre el resto de chiflados. Justo cuando empezaba a desabrocharme excitado el cinturón del pantalón, llegó corriendo la enfermera, haciéndome señas apresuradas con el brazo en alto. Disculpe la tardanza, aquí tiene mi paraguas, espero que no le avergüence el estampado de flores, doctor Fernández, me dijo entre jadeos, antes de desearme un buen fin de semana. Hasta el lunes, Carmen, contesté contrariado, recomponiéndome la figura.

Este es uno de los críticos, ingeniosos y siempre agudos retazos que puede uno encontrarse en La taberna del Tato, un ameno espacio, a orillas del Guadalquivir, que os animo a visitar.
 
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